Llego al punto y aparte antes de cerrar el libro. Lo dejo descansando en la cama.
Junto valor y bajo un pie de la cama. Pienso en que debo hacer todo en movimientos muy rápidos si no quiero pasar frió.
Corro la cortina. Abro la ventana. El aire es increíblemente frió.
De la calle entra un grito eterno, agudo. Terrorífico. Petrificante.
En segundos se transforma en una sirena perdida, seguida por un auto que cortaba el desierto paisaje de una de las noches mas frías en el barrio.
De fondo alguien canta sobre tres chicos imaginarios… Pregunta si alguien podrá ayudarlos.
Vuelvo a pensar, esta vez en la soledad de la ciudad. Tan rodeada y tan vacía. El frió de este invierno no solo si siente en la piel: también cala el alma.
Y cierro la persiana, y la ventana, y la cortina. Protegida de la temperatura polar, pero no de los sentimientos mas gélidos.
Me siento en la cama. Me vuelvo a parar. Tiro el velador por accidente al piso. Por suerte no le pasa nada al foco.
Busco el cuaderno y lo encuentro. Me siento a escribir y pienso “por que siempre seré yo la protagonista de mis cuentos?”
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